Mostra de Venecia: ¿Mito o realidad?
by paco
¿Existen las estrellas rutilantes dentro y fuera del celuloide? ¿O son sólo estrellas fugaces o estrellas variables? ¿Es tan inaccesible ese “espacio exterior” de glamour y supervida? ¿Y están seguros los astros del Séptimo Arte ante el amenazante agujero negro del terrorismo?
“Hay otros mundos, pero están en este”... y a fe que lo están, al alcance de la mano. Yo, un extraño en ese mundo de la industria del cine, me he convertido, durante la primera semana de la 62ª edición del Festival de la Mostra de Venecia, en un “intruso” de los espacios reservados, en un figurante del periodismo especializado, un falso colega de los enviados especiales: yo, un mortal que ha interpretado el papel de periodista durante esos siete días... ¡en algún momento habría merecido al menos una nominación para el oscar!
Alfombras rojas de entrada a la Sala Grande de la Mostra, trajes de noche, el graderío exclusivamente levantado para que lo ocupe un enjambre de “máquinas flasheadoras”... a través de la tele se ve apetecible e incluso interesante, pero en vivo y en directo se asemeja más al esqueleto de un decorado teatral, lleno de artificio y vacío de vida... de vida real: los magos de la interpretación, ante el atento objetivo de guiños automáticos, sacan de sus chisteras todas las sonrisas ‘profidén’ que esconden, y sólo les quedan las muecas de “a-ver-cuando-se-acaba-esto” (en realidad, son de “a-ver-cuando-c..ñ..-se-acaba-esto”, pero estaría muy feo decirlo) cuando salen del plano de la cámara de turno. Aunque también hay honrosas y agradables excepciones. Pero basta de conclusiones personales, por el momento.
Al que le guste el cine (y mucho), el recibir un buen día de agosto la llamada de un gran amigo diciendo “...este año cubro la Mostra. Si te vienes tienes casa, comida y... ¡acreditación!”, es como si (re)descubriera que no, que no los tienes en casa: ¡que los Magos sí que vienen de Oriente! Y ahí estaba yo, el 31 de agosto, bajándome de un avión en el aeropuerto de Marco Polo, buscando, a las 23:30, el muelle desde el que algún taxi-barco o bus-nave me llevara al Lido, la isla de Venecia donde tiene lugar este afamado festival. El que hubiera renunciado a presentarme a un par de exámenes que tenía en septiembre no me pesaba lo más mínimo en la conciencia: esos los puedo aprobar el próximo año (o el siguiente...), pero ir a la Mostra y con las condiciones con las que iba... ¡quizá nunca más en la vida!
La primera noticia al encontrarme con mi amigo fue que “este año, ante la amenaza terrorista que pende sobre Italia, se han vuelto huraños: no dan acreditación de acompañante...” (las maletas pesaban más, y los párpados... y la conciencia –¡esos exámenes!) “...pero no te preocupes porque vas a utilizar la mía” (las maletas se habían vuelto riñoneras, mis ojos volvían a salir de sus órbitas... ¡pero la conciencia! La conciencia seguía pesando, y ahora no por los exámenes. El año en que habría más control de seguridad iba a estar paseándome con documentación falsa: carné con los datos personales de otro y... ¡fotografía incorporada! Quizá si le hubieran tomado una foto al culo a mi amigo nos podríamos parecer en algo.
En fin, que a la mañana siguiente, primer día y primer obstáculo: ante el recinto de “Area Alice” (uno de los 6 o 7 cines de la Mostra) una cola que iba siendo sometida a varios filtros: primero, dos señoritas que chequeaban si llevabas la acreditación correcta (chungo); luego, una batería de detectores de metales, esos marcos que cuando uno pasa a su través lo hace sin mover la cabeza y casi sin respirar (¡ni que detectaran la contracción de los músculos!), y finalmente, unos tipos muy duros, trajeados, con pinganillo en la oreja, que memorizaban tu cara o lo parecía (chungocubata). “Me cazan, me cazan a la primera”, de verdad que lo pensé, pero había hecho un largo viaje y había que arriesgarse. La suerte fue que la cola era grande, con lo que las encantadoras señoritas tenían bastante trabajo con ir registrando con una máquina, a destajo, los códigos de barras de las acreditaciones y miraban la foto muy de refilón, y junto a que uno iba con la cabeza agachada, como leyendo el programa, y que llevaba un gesto en la cara que entendía lo más parecido a la foto de mi acreditación y que había ensayado la noche anterior ante el espejo (lo triste es que es cierto), todo contribuyó para pasar sin despertar la más mínima sospecha. Ante los detectores, dejé todas las publicaciones internas de la Mostra a un lado, pasé sin problemas, y volví a coger el taco de papeles. Y a los roperos andantes les saludé con una sonrisa cordial y sincera.
¡Estaba dentro de la sala! Cuando, siete días después, volvía en el avión que me traía de regreso a Madrid, pensaba en las 17 películas de las que había podido disfrutar en la Mostra, gracias a una buena coordinación con mi amigo para utilizar su pase cuando él, por su trabajo, no lo necesitaba (nadie puede ver todas las películas que se estrenan en la Mostra, nadie... ¡que vaya a trabajar! Y ni aun el ocioso), y me decía “si antes de llegar a Venecia me hablan de esos momentos de verdadera tensión cada vez que iba a ver una película, no sé yo, no sé...”. Y, sin embargo... ¡ojalá hubiera tenido que pasar a través de esos controles sólo una veintena de veces!
Había logrado entrar el primer día en uno de los lugares que pretendían mantener “controlados”, y lo lograría medio centenar de veces más, a lo largo de esa semana, en los diferentes lugares a los que podía acceder; si hubiera llevado un filo de 40 cm entre las publicaciones que dejaba a un lado siempre que pasaba por los detectores, lo habría pasado sin problemas porque nadie los miró nunca. Me di cuenta, considerando dónde me metí y a quién tuve a mi lado en esos días, que toda esa parafernalia de seguridad es sólo para transmitir tranquilidad a los visitantes, a los profesionales y a las estrellas, porque si hubiera habido algún ‘grillao’ que hubiera querido liarla allí mismo, lo habría logrado sin tener que hacer el pino puente.
Tras mi primera película, acompañé a un amigo periodista al Hotel Excelsior, el oficial de la Mostra, al que llegan en barco a su “Passarella” los Clooney, Sarandon, Hopkins & Company. Un lugar al que, según me decían, no se puede pasar si no te hospedas allí (creo que unos 1000 € la noche, lo más barato), pero como llevaba esa tarjeta de color colgando del cuello, nadie me preguntaba. Mi amigo iba a solicitar entrevistas a actores, actrices y directores, para lo que tenía que pegarse con las diferentes productoras, cuyas oficinas se instalaban en la primera planta, en la que estaban todas las habitaciones abiertas: de la Warner, de la Metro... Yo no me llamo Pedro, pero iba como por mi casa. ¡Qué falta de seguridad! y, sin embargo, si aquello se convirtiera en un G-8 de Séptimo Arte, seguiría siendo La Mostra de Venecia, pero... dejaría de ser italiana.
Y la cosa se empezó a poner más interesante aún, cuando en la tarde, mi amigo me pasa una invitación para ir a la fiesta de promoción de “La vida secreta de las palabras”, de Isabel Coixet. La verdad es que cuando llegamos, quedaba poca gente pero aun así la sensación era muy especial, y no sólo porque tuviera a mi lado al gran actor de Javier Cámara sino también por el entorno en el que tenía lugar la fiesta: alrededor de la piscina y jardines del Hotel Des Baines... ¡donde el gran Luchino Visconti rodara “Muerte en Venecia”, con Dick Bogarde! Se juntaba el hoy y el ayer y... ¡se estaba estupendamente!
Si empecé con estrella ese primer día en la Mostra, el segundo no le fue a la zaga. Me vi en otra fiesta nocturna, en este caso la que organizaba “Frágiles”, de Jaume Balaguerò, en un entorno estupendamente acondicionado: el claustro de San Niccolò, con luces, música, ambiente cálido, buffet muy bueno... Y pugnando por servirme del variado buffet, a mi lado uno de pelo blanco: “¡pero si es Harrison Ford! Yo creía que era más alto”. Me sorprendió hasta que me hicieron caer en que era lógico, pues acompañaba a su pareja sentimental, Calista Flockhart, protagonista de la película.
La verdad es que por las noches iba servido, cuando no había fiesta, había cena en algún “posto carino” y conversación muy agradable, interesante y divertida. Y por el día no había sólo películas. “¡Pues no tengo la tarjeta de Harry Potter colgada del cuello! ¡Vámonos a una rueda de prensa!”. Ya era un profesional del escapismo (en este caso del “incapismo”), y aunque entrar en la sala de ruedas de prensa tenía algún que otro filtro más, ya me encontraba en mi salsa. Incluso en la sala de Internet para uso de los profesionales (nos os podéis imaginar el despliegue de japoneses y... ¡chinos! –¡qué sorpresa!, ¿no?) que enviaban fotos, crónicas, entrevistas..., había más chequeos y controles, pero tras mi segunda visita ya me saludaba con algunos periodistas latinos con los que había cruzado un par de palabras, a alguna le pude hacer un favor (relativo a su trabajo, malpensados), y alguna otra me dio una invitación para otra fiesta y... ¡me pedía mi tarjeta, claro! ¡Eran ganas de ponerme en aprietos! Este sí que era un foro peligroso en el que moverse (“¿quién eres?¿de qué medio?” Son preguntas que podían comprometer... a mi amigo). Pero toda aventura implica un riesgo y, manteniendo siempre la seguridad profesional de mi benefactor, tenía que probarlos todos o casi todos.
Mi primera rueda de prensa la creí interesante, hasta que asistí a otras. Al entrar en la sala ya estaba respondiendo, a los brazos alzados de la platea, un trío que sería muy importante en esta edición de la Mostra: Jake Gyllenhaal, Ang Lee y Heath Ledger. Eran los artífices de “Brokeback Mountain”, que acabaría ganando el León de Oro y la verdad es que, aunque por ser mi primera resultaba especial (sobre todo porque acababa de ver la película... esos grandes actores... ese gran director. No os la perdáis, que la estrenarán en breve), comparándola con las ruedas de prensa que vinieron después fue insulsa y sin nada destacable, como lo fueron otras.
¿Pues no es sorprendente ver a John Madden, director de “Proof”, cómo sujetaba un teléfono móvil parlante ante el micrófono, que iba respondiendo a algunas de las preguntas de los periodistas? La razón de ese plan B, de tener ese teléfono colgando de un micro, fue porque al otro lado del mismo estaba Gwyneth Paltrow, que decía que el avión en el que venía al Festival habían detectado un problema y habían regresado al punto de origen, y que al día siguiente no tuvo posibilidad de coger otro... ¡Vamos! ¡Que seguro que tenía muchas ganas de asistir a la Mostra! Pero pese a su ausencia física, no se respiraba la sensación de vacío en ese espacio que no ocupaba la Paltrow en la sala, ya que lo cubría a la perfección Anthony Hopkins, que con su melena blanca era lo más parecido a un Gandalf de traje y corbata, desplegando su magia en el siglo XXI. Y otra vez también en esta peli, Jake Gyllenhaal. Yo creo que este tío va a dar que hablar... profesionalmente hablando, claro. Y aquí, en España, ya se le han visto sus buenas maneras en la última de Sam Mendes, la de “Jarhead”. Pero esta película de “Proof”... bueno... para pasar el rato.
La que se puso interesante antes incluso de que asomaran los protagonistas, fue la rueda de prensa de “Cinderella Man”. Apareció el maestro de ceremonias y en uno de los micrófonos, aunque con otras palabras, dijo “si alguno le hace a Russell Crowe alguna pregunta relativa a ese teléfono que lanzó a la cabeza de un agente, en el aeropuerto de New York, serán vetados pregunta y periodista”. Lo cierto es que esa censura periodística no me sorprendía... ¡estábamos en la tierra de Berlusconi! Y al hilo de esto, me permito un paréntesis para animar a ver, cuando la estrenen aquí, la cinta de “Good night, and good luck!”, dirigida por George Clooney, una oratoria visual que canta a la libertad de expresión, muy aplaudida por crítica y público, aunque cuando he visto el trailer en España... ¡se han cargado al verdadero Murray! ¡Con el doblaje se pierde una fonética, una dicción, una prosodia...! No creo equivocarme al decir que todo eso pesó mucho cuando David Strathairn fue premiado con la Copa Volpi como mejor actor de la 62ª Mostra.
Pero estábamos en Cinderella Man. Salieron los esperados y salieron... ¡interpretando!: venían “el guay” (R. Crowe), con camiseta y gorra de béisbol, barba de tres días y mirada de perdonavidas; la chica mona y maja-remaja-de-verdad-qué-estupenda, con una sonrisa amplia e incombustible (Rene Zellweger), y al que llaman “the american boy” (Ron Howard, el director), con un ligero y sutil papel de “respuestas políticamente correctas”. La verdad es que daba un poco de pena ver cómo el Crowe, respondía a veces de un borde que ni Máximo ante Cómodo cuando lo quería muerto y ‘pisao’, y daba un poco de risa tonta y retonta, ver los esfuerzos de la Zellweger por congraciarse con todos los periodistas... ¡Molan muchísimo más en las pelis! Son más... normales. En una de las entrevistas de las de “petit-comité”, en la que Crowe responde a 4 o 5 periodistas –entre ellos uno de mis amigos– en torno a una mesa de la terraza del Excelsior, cuando preguntaba una periodista determinada, australiana y con fama de ‘prota’ entre los profesionales de la noticia, el amigo Russel, sin dejarle terminar la pregunta, empezaba como una mosca cojonera “bla, bla, bla... Australia... bla, bla, bla” (sic.), y cada vez que esta periodista trataba de hacer una pregunta, saltaba de nuevo el entrevistado con sus “bla, bla, bla” (¡de verdad que textuales, eh!). Está claro que ambos compatriotas se conocen desde hace tiempo y que el famoso no aguanta a la que va de ‘prota’ pero... ¡Hay que ser un poco más profesional!, digo yo, que para eso se va a la Mostra.
Por referencias, supe que había entrevistas de las que huir si no era necesario cubrirlas. ¿Ejemplos? La de Kirsten Dunst (por simplona), que promocionaba “Elisabethtown” (esta me fue “no recomendada”) o la mantenida con André Benjamin (por ininteligible... “ya know wharam saying, ma”, pero durante 20 minutos y sin sacarse el hielo de la boca), líder de Outcast, grupo americano de renombre dentro del hip hop, cubierto de cadenas y pulseras de oro, que protagonizaba la de “Four Brothers”. Por cierto que, a la salida de esta película, una cadena italiana me preguntó si me podía hacer una entrevista sobre lo que me había parecido... “¡Pues claro, hombre! ¡¿no estábamos ahí para vivir nuevas experiencias?! ¡Que me enfoque esa cámara por el lado que no se me ve la calva, como a Julio Iglesias!” Pero había otras entrevistas personales que resultaban interesantes, reparadoras, bálsamos auténticos dentro de lo que le tocaba vivir a un periodista a lo largo de todos los días de la Mostra, y entre ellas, siempre según palabras autorizadas, las entrevistas a George Clooney o a Susan Sarandon, llenas de contenido... como ellos, dentro y fuera de la escena.
Y cuando me lamentaba por conocer eso de la entrevista personal “por referencias”, llegó otro regalo de esos misteriosos Magos de Oriente: mi amigo debía ir a la ciudad de Venecia a unas entrevistas y, al mismo tiempo, tenía concertada otra en el Lido di Venezia y no podía estar en dos lugares a la vez así que “si no te importa... ¿puedes ir tú a hacer la entrevista por mí?”. Le miré a los ojos y... ¡lo decía en serio! “Y ¿a quién tengo que entrevistar?”. Lo pregunté pensando que estaba a punto de oír el nombre de algún segundón y que incluso tendría que buscarlo en Internet para saber quién era. “Tienes que entrevistar a... Björk”. ¡Guau! ¡Esa sí es una entrevista para contar luego! ¡Si después de hacer “Dancer in the dark”, de Lars Von Trier, dijo que no volvería a rodar ninguna más! ¡Si los mismos profesionales de las entrevistas me contaban lo difícil que es conseguir entrevistarla a ella! “..¡Encantado!, dame en una hoja lo que quieres que le pregunte y allá que voy...”, “...no, es que no he visto su película...”, “y ¿no sabes de lo que va? Una pista...” “...Creo que de un ballenero que va perdiendo algún líquido nocivo en el mar y... luego... los dos protagonistas se convierten en ballenas y se van a la Antártida”. Difícil de creer, pero os doy mi palabra de que ese era el resumen que me habían hecho de la película (anima para ir a verla, ¡eh!). ¿Cómo iba a conseguir preparar ni una sola pregunta con ese material?
La verdad es que daba sus frutos el estrujarme los sesos en una de las mesas de la terraza del Hotel dei Quattro Formaggi, mientras esperaba mi turno para entrevistar a Björk: había visto que su película, “Drawing Restraint 9” (lo de “nine”, hace referencia al número que esta obra ocupa en la serie a la que pertenece... ¡manda web-os!), aparecía en el programa con V.O. giapponese. “¡Vamos!, que le pregunto cómo se ha encontrado haciendo una película en japonés, la dificultad del idioma y todo eso, y quedo estupendamente...” Afortunadamente, una periodista japonesa que también estaría sentada, junto a mí, en la mesa de la cantante, llegó con unos minutos de antelación, y al enterarme de que era de Tokyo, el haber tenido la ocasión de visitar esa ciudad hizo que me sintiera con confianza para entablar una conversación relajada con ella (lo del tema comodín de “Geografía Japonesa” en el programa de Madrid Reta, tenía que valer para algo, ¿no?), sus costumbres, lo que más me sorprendió, etc. Decía que afortunadamente apareció, porque cuando ya me sentía que controlaba la situación, solté mi pregunta del millón para ver qué cara ponía la oriental, para sopesar un poco lo acertado de la que sería mi pregunta estelar: “¿crees tú que se habrá sentido cómoda rodando una película en japonés?”. La respuesta de la japonesita me hizo sentir que... ¡estaba en pelotas! Al oír mi pregunta, la sonrisa permanente e invariable le desapareció de la cara y sus ojos perdieron la forma rasgada para volverse redondos como platos: “pero... ¿es que no has visto la película? ¡No se dice ni una sola palabra!”. ¡Me tenía que tocar a mí la película rara de la Mostra! ¡Entre la sinopsis que de ella me habían hecho y lo que me acababa de decir la japonesa...! Sí, una de esas películas que, por muchos masters que hayas hecho, seguro que no tienes el que se necesita para entenderla. “Verás... no, no la he visto... es que mi colega... el que debía cubrir esta entrevista, ha tenido que acudir a otro compromiso y me ha tocado a mí venir... ¡pero tú no digas nada!”. Se llevó la mano a la boca –¡con lo que son los japoneses de legales!– trasluciendo esa inocencia que yo creo que va innata en los genes nipones, y me vinieron a la cabeza un montón de anécdotas que viví durante mi viaje por Japón... Pero esa historia es para contar ante el fulgor ambarino de una cerveza fresca.
Menos mal que llegó antes la japonesa y que hablamos un poco! Entre 10 y 15 segundos después de que me hiciera tan importante revelación (y no exagero en cuanto a lo apretado del momento), nos llamaron porque Björk ya nos esperaba en la mesa... Si no me dice que era una película muda, quedo ante la diva como el tonto de la Mostra (“el tonto’l cine”, nunca mejor dicho), porque iba decidido a disparar mi pregunta, ¡mi tesoooro! Habría sido el hazmerreír de la prensa internacional, ya que entorno a la cantante islandesa nos sentamos un periodista alemán, una periodista japonesa –mi salvación–, uno ruso, uno entre escocés y australiano (¡es que no le entendía ni jota!... ¡un acento más raro!), y un infiltrado “ehpañó” –como Gibraltar–. Empezaron a girar nuestras grabadoras, y comenzaron a preguntar... ¡los que sí que habían visto la película! ¡Qué envidia! Pero yo estaba esperando esa oportunidad, esa ocasión para meter la cabeza, ese pase de la muerte a puerta vacía. Y cuando, en un momento dado, Björk comenta que “la composición de la banda sonora fue un trabajo duro, porque sólo tuve 6 meses para crear más de una hora de “soundtrack”, y porque era totalmente diferente a la música que yo hago, la que me gusta...”, es el momento que esperaba: comienzo a hacer trabajar a mi torpe cabeza, a asociar datos, a inferir posibilidades... “esa música usual de Björk, la que más le gusta, es tirando a cañera... las ballenas bajo la superficie... tranquilidad y silencio... el ir a la Antártida ¿podría significar buscar la parte del mundo no civilizada aún?... ¡ya tengo mi pregunta!”. Antes de que desapareciera el tema de la banda sonora de los labios de Björk, meto el codo al ruso, alargo mi mano y tapo la boca del alemán, gano mi posición y pregunto: “...y al componer esa música, ¿te inspiraste en sonidos animales? ¿buscabas sonidos primitivos, primigenios?”. ¡Qué mirada me echó como diciendo “una pregunta con chicha”! (¡Y esto lo digo yo!). “No, busqué la inspiración en el Shinto... un sonido y silencio... tuve mucho interés en aprender esa filosofía y bla, bla, bla”. ¡Ya lo de menos era la respuesta!, porque a raíz de mi pregunta había manado un raudal de información interesante. Un torpedo como yo, por primera vez en la Mostra, ¡haciéndome pasar por periodista!, ¡¡por primera vez entrevistando!!, ¡¡¡a una cantante mundialmente conocida!!!, ¡¡¡¡sin haber visto su película!!!!... ¡¡¡¡¡y preguntando manteniendo el nivel!!!!! Ya no podía rizar más el rizo. Había llevado mi cámara de fotos para tratar de hacerme una con la cantante pero – igual no lo entendéis – ¡ya no lo necesitaba! Estaba hecho, había puesto mi bandera en la cima del Everest. Nos dio a todos un CD con la banda sonora de la película, y nos lo firmó... y por ahí lo debo tener... ¡es que ya no necesitaba todo eso!
Tras esta experiencia se quedaba en anecdótico tanto el que nos cruzásemos con Abel Ferrara y Forest Whitaker cuando iban a su rueda de presa (su película “Mary” acabaría logrando el Gran Premio del Jurado) -y mira que tengo muy buen concepto del Sr. Whitaker-, como el momento en que abordé de frente, por una calle poco transitada, a uno al que no lo miraban mucho por allí. Cuando alargué la mano para estrechársela y saludarle, Santiago Segura se mostró agradecido y más locuaz de lo que yo esperaba, preguntándome alguna información de los edificios de la Mostra... en el fondo yo creo que me vio tan suelto y con un perfil de tres cuartos tan aparente, que... estaba deseando ofrecerme un papel para “Torrente IV”, pero perdió su ocasión: él vacilaba y yo tenía prisa ;-)
Y para rematar, tuve la suerte del tonto hasta en lo más inesperado. Si el día del Palio de Siena, se celebra una vez al año, en él que los protagonistas se visten con trajes renacentistas, en un ambiente excepcional y singularísimo, con carreras de caballos únicas, rodeadas de una tradición sui géneris y centenaria, y en las que todo vale mientras galopan alrededor de la “Piazza del Campo” de la ciudad, en Venecia, las carreras del día del Palio son, como es lógico, de góndolas, de embarcaciones medianas y de naves grandes, a lo largo del Gran Canal, con un ambiente estupendo, engalanados todos con sus ropajes de época, con música, con el sol de los cuadros de Canaletto... Y eso es sólo un día al año, precisamente ese domingo que yo pasaba por allí :-o)
La víspera de mi vuelta, mientras leía un libro paseando por la larga playa en la que tantas estrellas, divas, famosos habían rodado o disfrutado (y pongo a conciencia la disyunción, en lugar de la que, normalmente, creo no muy sincera “y”), pensaba sobre la Mostra: ¿mito o realidad? Y la realidad es que con la intensa experiencia que he tenido se me ha desmitificado todo, y en lo más profundo de mí creo que ha sido, no porque cierta magia no exista, sino porque parte de ella ha pasado a través de mis ojos y en torno a mis manos. La ilusión creada por un número de prestidigitación se convierte en vulgar y prosaica cuando uno se entera del truco. Y ahora que los días que van pasando, separándome, con sus innumerables cuitas, del Reino de Fantasía, para volver a sentir el regusto de esa magia, de esa cosa especial de La Mostra de Venecia, ya no necesito ver las imágenes por televisión, o leer sobre ese otro mundo en los periódicos. Me basta con recurrir a los rincones de mi memoria o a estas líneas que evocan lo que cuentan y lo que no, para conseguir “poner un nombre a la princesa” y que la “La Historia Interminable” no se acabe nunca.
Y como siempre que se resuelven ciertas preguntas, incógnitas o dudas, aparecen otras nuevas... ¿será diferente el Festival de Cannes?
Ya que no lo escribí al principio, es de justicia que lo dedique, modestísimamente, ahora: a mi gran amigo, Rey Mago de tantas ocasiones.
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