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Mejor pongo los comentarios de Federico Fellini y de Terry Gilliam, no?
8½ (por Federico Fellini)
Durante la últimas semanas, con ansiedad creciente, había intentado recorrer de nuevo el escenario de la gestación de aquella película a la que ni siquiera había sabido darle título. En la carpeta donde reunía mis apuntes había escrito provisoriamente 8½, haciendo referencia al número de las películas que hasta ese momento había rodado.
¿Cómo nació entonces la idea? ¿Cuál había sido el primer contacto, el presentimiento de la película? El deseo vago y confuso de hacer el retrato de un hombre en un día cualquiera de su vida. El retrato de un hombre, pensaba, en esa suma contradictoria, evanescente, inaferrable, de diferentes realidades que deja traslucir todas las posibilidades de su ser, los niveles, los planos superpuestos, como en un palacio cuya fachada se ha derrumbado y revela en su interior, como un todo, escaleras, pasillos, estancias, desván, bodegas, y los muebles de cada habitación, techos y cañerías, los rincones más íntimos, más secretos.
Y así fue el set. Carpinteros, maquinistas y pintores me estaban esperando, todos copa en mano, en la construcción de la gran cocina que reproducía, ampliada por el recuerdo, la de la casa de campo de mi abuela.
Gasparino, con un gorro de albañil en la cabeza y el martillo colgándole sobre el muslo, destapa la botella: "Esta será una gran película, doctor, ¡a su salud!, ¡viva 8½!" Llena los vasos, todos aplauden, y siento que me hundo en la vergüenza, me siento el último de los hombres, el capitán que abandona su tripulación. No subo a la oficina donde me espera, a medio escribir, mi carta de renuncia, pero me siento, vacío y desmemoriado, en un banco del jardín, en medio de un gran ir y venir afanoso de operarios, técnicos y actores pertenecientes a otros grupos que estaban trabajando.
Reflexiono y comprendo que me encuentro en una situación sin salida. Soy un director que quería hacer una película que ya no recuerda, y justo en ese momento, todo se resolvió. De pronto entré en el corazón de la película. Relataría cuanto me estaba sucediendo, haría una película sobre la historia de un director que ya no sabe cuál era la película que quería hacer.
8½: el director de cine es un mito (por Terry Gillliam)
Si tuviera que escoger, escogería la película de Fellini 8½. No me gusta tener que escoger porque detesto reducir toda mi experiencia cinematográfica a una sola película. Pero la película 8½ fusiona para mí, de muchas maneras, la esencia del cine. En particular la secuencia que prefiero es la de Marcello Mastroiani cruzando los corredores del hotel donde estaban tratando de hacer esta película. Él tiene una habilidad fenomenal para hacer un baile de tipo tap y con ello salirse del problema. Cuando la vi, mucho antes de que yo hiciera una película, sospeché que había una verdad en ella. Ahora que he hecho algunas películas, sé la verdad final acerca de cómo hacer una película y cómo el trabajo de un director es salirse de los problemas haciendo un baile de tap.
Tenía 23 años. Se planeaba el asesinato de Kennedy. Yo estaba en Nueva York. Había salido de la universidad cuando llegó esta película. Siempre había sido un fanático de Fellini, pero 8½ se metió bajo mi piel. La creatividad era allí realmente el asunto, algo acerca del director de la película. Se trata del proceso de intentar hacer algo y saber que uno no sabe cómo hacerlo, que todas las personas están esperando que uno salga con una solución. Él está vacilando, dilatando, lidiando con los productores y con los problemas de dinero: realmente hay que hacer malabarismos, hacia delante y hacia atrás. Mientras todo se desintegra, él recuerda su vida, y el hecho de que la película se devuelva a través de sus sueños, a través de la relación con sus padres, es lo que la hace tan maravillosa. Usa eso, y usa el pasado, usa el futuro, usa el presente y los sueños: todas las cosas que yo he usado en mis películas de diferentes maneras.
La mayoría de las personas quieren creer que la vida tiene alguna estructura, alguna forma, y que uno puede distinguir el pasado del futuro y del presente. No creo que eso sea verdad, y pienso que Fellini también lo admite y permite que las cosas se conjuguen y entren en el proceso. Tiene el dinero, tiene todo, pero no sabe qué está haciendo. Las personas vienen a él esperando respuesta, deseando obtener algo. Creo que esa fue una de las primeras veces en las que realmente identifiqué a la cámara con una pareja en un baile, porque pienso que la película es como un baile y él filma como lo haría un bailarín. Todo se está moviendo, todo está cambiando. Las cosas entran y salen, el cuadro nunca está quieto. Y eso es lo que la vida es para mí: una travesía.
No sé. Pienso que Fellini siempre me contó cosas acerca de mí, del proceso de la vida. Cosas acerca de la memoria, donde todo parece verdad, creíble, honesto; aunque mienta todo el tiempo. Eso es lo que me encanta de Fellini: es un mentiroso. Un mentiroso constante que gira y distorsiona la verdad.
Ahora bien, la pregunta es si alguno de nosotros vio antes el mundo como Fellini nos lo mostró. No lo sé. Tengo el terrible presentimiento de que nos abrió los ojos a un mundo que estaba descansando allí por sí solo. Aquellos de nosotros que le seguimos podríamos venir y ver el mundo que él vio.
Pensé que no era muy grato ser Mastroiani desde el mismo momento en que lo vi. Creo que Fellini tenía el mismo sentimiento: no era muy interesante ser Mastroiani. Entonces hizo que él fuera Fellini en todas sus películas. Y no solo porque, como él, era apuesto, sino también porque estaba cansado de la vida en una edad temprana. Era romántico, débil, vacilaba. Todas las cosas que yo no quería ser y que probablemente hubiera terminado siendo.
Cuando vi 8½ mi lectura fue que el autor existía. Quiero decir, ahí estaba el director, el personaje de Fellini interpretado por Marcello, a quien todos miran en busca de respuesta. Todos están haciendo su trabajo, pero el hombre central, el que toma las decisiones, finalmente es el director. Y tal vez esa es la razón por la cual quise convertirme en director. Quería ser la persona a quien todos llegaran en busca de respuestas.
Pero una vez que uno se convierte en director, cae en cuenta de que es la última cosa que desea hacer, porque no tiene las respuestas y todas las personas piensan que sí. Estoy convencido de que las películas no necesitan directores para ser realizadas. Pienso que necesitan a alguien que simule ser el director para que todos puedan ir hasta esa persona y responsabilizarlo por todas las cosas y no obtener las respuestas que buscan. Entonces ellos continúan en su trabajo y hacen el mejor trabajo que pueden realizar. Las películas pueden ser hechas así. El director es más el resultado de un mito que de cualquier otra cosa. Estoy feliz de ser parte de esa mitología.
8½
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